El domingo 23 de marzo de 1980, el arzobispo de San Salvador, monseñor Óscar Arnulfo Romero, pronunció una dramática homilía en la catedral de la capital de El Salvador. Estas fueron sus palabras: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia nacional, de la Policía, de los cuarteles. ¡Hermanos! ¡Son de nuestro pueblo! ¡Matan a sus mismos hermanos campesinos!… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”

Fue su última homilía. Con ella monseñor Romero había firmado su sentencia de muerte. Los jefes militares interpretaron sus palabras como una llamada a los soldados a la desobediencia y a la insumisión y prometieron vengarse. Y la venganza no tardó en llegar. El 24 de marzo, a las seis y veinte de la tarde, monseñor Romero era asesinado por un francotirador a las órdenes del mayor Roberto D’ Abuisson, cuando celebraba la eucaristía en la capilla del hospital de la Divina Providencia.

Oscar Arnulfo Romero nació el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios, El Salvador, y fue asesinado de un disparo en el pecho por criticar políticas de represión del régimen militar de derecha que gobernaba el país.

 

Canonización de Óscar Arnulfo Romero

El papa Francisco firmó este miércoles el decreto del milagro por intercesión del arzobispo de San Salvador Oscar Arnulfo Romero.

La beatificación de Romero se había proclamado ya con un decreto en el que se reconocía el “martirio” de Romero in odum fidei, es decir, que fue asesinado por “odio a la fe” y por tanto sin necesidad de un milagro. El Papa se reunió este martes con el prefecto de la Congregación para la Causa de los Santos, el cardenal Angelo Amato, para aprobar algunos decretos en el que también se encontraba el del milagro para la canonización del papa Pablo VI.

Queda solo por conocer la fecha y el lugar donde Francisco celebrará la canonización. Una primera hipótesis es que Francisco oficiará la canonización en el Vaticano junto con la del papa Pablo VI al término del Sínodo de Obispos sobre los Jóvenes, convocado del 3 al 28 de octubre próximo. Pero también se baraja la posibilidad de que el pontífice argentino pueda viajar a San Salvador en ocasión del viaje a Panamá en enero de 2019 con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud.

 

Declaran el 24 de marzo Día del monseñor Óscar Arnulfo Romero en Los Ángeles

El concejo municipal de Los Ángeles (California) declaró hoy el 24 de marzo como el día para recordar a monseñor Oscar Romero.

“Es importante que honremos la vida y mantengamos viva la memoria del arzobispo Óscar Romero para las generaciones actuales y futuras”, dijo a Efe Curren Price, concejal del Distrito 9 de Los Ángeles.

“Era una figura poderosa que servía como la voz de los sin voz, y representaba la esperanza, la compasión, la moralidad y la justicia”, agregó el político afroamericano, quien entregó un pergamino con la declaración a líderes salvadoreños.

La declaración del “Día de monseñor Óscar Romero” es para enseñar que “todos deberíamos esforzarnos para ser más como él”, declaró Price sobre el religioso que denunciaba en sus misas los asesinatos y desapariciones de críticos del gobierno, acusados de ser “subversivos”.

Gil Cedillo, concejal del Distrito 1, conocido como “La pequeña Centroamérica”, dijo a Efe que la conmemoración anual de este Día “es la forma en que la ciudad celebra la vida de un activista que luchó por el progreso del pueblo salvadoreño”.

“Con una presencia tan fuerte de salvadoreños en Los Ángeles los concejales se unen a celebrar esta feliz ocasión del anuncio de la elevación a los altares de Romero”, declaró Cedillo.

Un silencio cómplice

Mientras esto sucedía, Estados Unidos apoyaba con ingentes sumas de dólares al Gobierno salvadoreño y a su Ejército, en alianza con la oligarquía, para atentar contra la ciudadanía indefensa y terminar con la Iglesia de los pobres. Durante esos años la Iglesia salvadoreña sufrió una sangrienta represión, que costó la vida a numerosos sacerdotes, religiosos, religiosas, líderes de comunidades, catequistas, al grito de “Haga patria. Mate a un cura”. Mientras tanto, buena parte de la jerarquía y del clero salvadoreños guardó un silencio cómplice. Peor, aún, algunos de los compañeros de Romero en el episcopado lo acusaron de subversivo.

Tras su asesinato, se produjo un largo silencio sobre monseñor Romero en la Iglesia institucional salvadoreña y en el Vaticano, que contrastaba con el reconocimiento de su compromiso con los pobres y de su santidad martirial por parte de los sectores populares, las comunidades de base y la teología de la liberación. Pedro Casaldàliga se hizo eco de ese sentir en un bellísimo poema titulado ‘San Romero de América, Pastor y Mártir’:

“¡Pobre pastor glorioso, /asesinado a sueldo, / a dólar,/a divisa, / como Jesús, por orden del Imperio./Pobre pastor glorioso,/ abandonado/ por tus propios hermanos de báculo y de Mesa…!/ San Romero de América,/ Pastor y Mártir nuestro:/nadie podrá callar/ tu última homilía”.

Breve biografía de Monseñor Romero

‘San Romero de América’, como desde hace años llaman a Romero los salvadoreños, fue arzobispo de San Salvador, de 1977 hasta que fue asesinado el 24 de marzo de 1980, a los 62 años de edad.

En la década sucesiva, unos 70.000 salvadoreños murieron durante la guerra civil. “Al principio, fue considerado una opción conservadora como arzobispo, sin embargo, con el tiempo, cada vez denunciaba con mayor frecuencia las violaciones de los derechos humanos en El Salvador –sobre todo después del asesinato de su íntimo amigo, el padre Rutilio Grande, en marzo de 1977–”, explica Caritas Internationalis, que lo acogió como patrón después de su beatificación.

Así, cuando el 8 de febrero de 1977 fue designado arzobispo de El Salvador, las sucesivas expulsiones y muertes de sacerdotes y laicos (especialmente la del sacerdote Rutilio Grande) lo convencieron de la inocuidad del gobierno militar del coronel Arturo Armando Molina. Monseñor Romero pidió al presidente una investigación, excomulgó a los culpables, celebró una misa única el 20 de marzo (a la que asistieron cien mil personas) y decidió no acudir a ninguna reunión con el Gobierno hasta que no se aclarase el asesinato (así lo hizo en la toma de posesión del presidente Carlos Humberto Romero del 2 de julio). Promovió además la creación de un Comité Permanente para velar por la situación de los derechos humanos.

El Nuncio le llamó al orden, pero Monseñor Romero marchó en abril a Roma para informar al Papa, que se mostró favorable. En El Salvador, el presidente endureció la represión contra la Iglesia (acusaciones a los jesuitas, nuevas expulsiones y asesinatos, atentados y amenazas de cierre a medios de comunicación eclesiásticos). Sus homilías dominicales en la catedral y en sus frecuentes visitas a distintas poblaciones, Monseñor Romero condenó repetidamente los violentos atropellos a la Iglesia y a la sociedad salvadoreña.

En junio de 1978 volvió a Roma y, como la vez anterior, fue reconvenido por algunos cardenales y apoyado por el papa Pablo VI. Continuó, pues, con idéntica actitud de denuncia, ganándose la animadversión del gobierno salvadoreño y la admiración internacional. La Universidad de Georgetown (EE.UU.) y la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) le concedieron el doctorado honoris causa (1978 y 1980 respectivamente); algunos miembros del Parlamento británico le propusieron para el Premio Nobel de la Paz de 1979, y recibió en 1980 el Premio Paz de manos de la luterana Acción Ecuménica de Suecia.

Aunque no hay certezas al respecto, se ha afirmado que el 8 de octubre de 1979 recibió la visita de los coroneles Adolfo Arnoldo Majano Ramos y Jaime Abdul Gutiérrez, quienes le comunicaron (también al embajador de Estados Unidos) su intención de dar un golpe de estado sin derramamiento de sangre; llevado a efecto el 15 de octubre, Monseñor Romero dio públicamente su apoyo al mismo, dado que prometía acabar con la injusticia anterior. En enero de 1980 hizo otra visita más a Roma (la última había sido en mayo de 1979), siendo recibido entonces por Juan Pablo II, que le escuchó largamente y le animó a continuar con su labor pacificadora.

Insatisfecho por la actuación de la nueva Junta de Gobierno, intensificó los llamamientos a todas las fuerzas políticas, económicas y sociales del país, la Junta y el ejército, los propietarios, las organizaciones populares, sus sacerdotes e incluso a los grupos terroristas para colaborar en la reconstrucción de El Salvador y organizar un sistema verdaderamente democrático. El 17 de febrero de 1980 escribió una larga carta al presidente estadounidense Jimmy Carter, pidiéndole que cancelase toda ayuda militar, pues fortalecía un poder opresor.

Finalmente, el 23 de marzo de 1980, Domingo de Ramos, Monseñor Romero pronunció en la catedral una valiente homilía dirigida al Ejército y la Policía. Al día siguiente, hacia las seis y media de la tarde, durante la celebración de una misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, fue asesinado en el mismo altar por un francotirador. El crimen se atribuyó a grupos de ultraderecha, afirmándose que la orden de disparar habría sido dada por el antiguo mayor Roberto D’Aubuisson (uno de los fundadores, posteriormente, del partido Alianza Republicana Nacionalista, ARENA). No se produjo, sin embargo, ninguna detención, y todavía en la actualidad permanecen sin castigo los culpables.

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