Ingrid Lozano Woolrich, presidenta del Observatorio Ciudadano de Políticas Culturales del Estado de México y miembro de Ciudad Digna, participó como ponente en el XIII Congreso Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades “Entre Muros y Piedras La Historia”, realizado en la Universidad Autónoma de Chapingo, con la ponencia titulada:

«Una construcción desde los procesos culturales y el fortalecimiento identitario»

Compartimos la ponencia integra de la Mtra. Lozano, quién además finalizó su participación con un concierto de música regional mexicana:

La nueva configuración mundial en un mundo globalizado, ha originado cambios vertiginosos no solo en los sistemas políticos y económicos, sino en los procesos de construcción identitaria individual y colectiva. a través de la penetración de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s), las que acercan al individuo a nuevas formas de codificación del auto-conocimiento innovándose en la inclusión de redes sociales como el facebook, o el twiter, en las que el sujeto se identifica o se reencuentra con otros, en el amplio sentido de la palabra.

No obstante, el planteamiento universal nos lleva a un cuestionamiento que nos sitúa en el panorama individual, con respecto a la búsqueda de aspectos que determinan la composición de una identidad conjunta (unión de identidades), factores, que Edgar Morin define como naturales y sociales, traduciéndose en un primer enfoque a la triple referencia, la cual considera una naturaleza genética, una particular y una subjetiva; finalizando con una identidad que se conforma a través del reconocimiento de la otredad, en la que el individuo se reconoce diferente y reconoce a los demás también diferentes, pero sin la capacidad de reconocer la riqueza en estas diferencias.

Aunado a ello, es bien sabido que existe una conexión totalizante entre la identidad y la cultura, vislumbrando a este aspecto como primordial del ser, ya que Ricardo Santillán la define como “una forma integral de vida creada histórica y socialmente por una comunidad a partir de su particular manera de resolver lo físico, lo emocional y lo mental, las relaciones que mantiene con la naturaleza, consigo mismo, con las demás comunidades y con lo que considera sagrado; con el propósito de dar continuidad y sentido a la totalidad de su existencia”

De esta manera, la cultura integrará todos los rubros sociales y naturales, constituyendo un puente entre los múltiples aspectos que conforman al individuo como único, a través de la triple referencia y a la memoria histórica emanada de aquello que los nuestros nos han trasmitido por medio de las prácticas y del propio lenguaje, la educación, la historia y la cosmovisión, entre otros; es por ello, que la memoria colectiva y oral representan parte fundamental del reconocimiento de las colectividades y de los aspectos de identificación social.

Foto: Ciudad Digna

El acceso a las nuevas formas de entender y conocer al mundo como un todo y de manera particular, han traído como consecuencia la aparición de nuevos paradigmas con respecto a las identidades y a la conceptualización del ser humano como un individuo autónomo dentro de una comunidad, o como un ser homogeneizado a través de la realización de prácticas en común, en la que el individuo se construye a través de sus propias concepciones y símbolos, haciendo a un lado los conceptos imaginarios como nación y territorio, creando un rompimiento de lazos comunitarios, en la búsqueda del crecimiento individual.

El fenómeno de la globalización por lo tanto impacta de manera directa en las ideologías y por ende reconfigura los esquemas del pensamiento, las ideas, las costumbres, a lo que Bourdieu llama habitus, transformando los modos de vida del sujeto y por consiguiente su cultura, traducida en prácticas apropiadas socialmente.

Las redes globales articulan individuos, segmentos de población, regiones, países, ciudades, o barrios, al tiempo que excluyen otros tantos individuos, grupos sociales o territorios. (Manuel Castells, 1999). Sin embargo el sesgo de inclusión o exclusión se encontrará determinado por el nivel de información que posea el sujeto, es decir por lo que hoy en día se llama nivel de competitividad y a lo que Bourdieu llamaría capital simbólico.

Estos nuevos cambios y transformaciones del sistema a escala internacional consienten el reforzamiento de identidades culturales como principio social unificador, cobrando la conciencia de estar conformados por todas las identidades que a través de una línea del tiempo han producido una identidad conjunta que hoy nos define; en este sentido y como lo apunta Manuel Castells “el caso de tal pluralidad es siempre fuente de tensión” el individuo comienza a cuestionarse

las razones de su propia identidad, por lo que se reafirma en sus bases culturales o renuncia a ellas para conformarse en una sociedad mundial; y es en este panorama y cuando no existe tal afirmación, es que se vislumbran identidades individuales, auto-construidas en torno a un principio personal y no colectivo, éstas personas por lo tanto constituyen una amenaza para la unificación identitaria, ya que al no sentirse pertenecientes atacarán aquello que simbolice los valores de pertenencia.

 

Foto: Ciudad Digna

Los espacios simbólicos en los que se desenvuelven las culturas, permiten generar plataformas de discusión y reflexión, en donde se dan las coincidencias y las disidencias, en donde los procesos de sociabilización son mecanismos de reconocimiento, independencia, apropiación del espacio, necesidad de inclusión, en los cuales el consumo cultural juega un papel primordial en las relaciones, la comunicación y la determinación de roles sociales, y para el cual existe una relación directamente proporcional al grado de emancipación de un individuo en su campo social; en razón de que abarca los procesos de apropiación social.

Los medios de manipulación masiva y el acceso restringido a los bienes culturales y a la libertad de las colectividades de elegir sus formas y medios de significación, dan como consecuencia una brecha entre una sociedad automatizada y una sociedad crítica, debido a que ésta última, comprende el mundo que la rodea, interviene en su transformación y por ende propicia las condiciones para un ejercicio ciudadano legítimo.

Es en este sentido, la organización social y comunitaria, es primordial en la conformación y reconfiguración de los aspectos identitarios y, en la búsqueda por encontrar mecanismos de identificación, afirmando o resignificando su símbolos, buscando construir lazos de cooperación y de respeto por la diversidad de pensamientos. Esto se fundamenta en el acuerdo social; es decir, cuando la comunidad decide conservar o resignificar prácticas sociales es válido pues dicho consenso representa la idea colectiva, es decir, la voz de todos.

Lo interesante de la reflexión se enfoca al análisis de dos procesos: los cognitivos bajo la perspectiva individual, en la que el acceso a diversas formas de expresión y conocimiento, permite la diversificación del pensamiento, llevando a una construcción de la realidad más crítica, basada en el análisis y en el cuestionamiento de las acciones, ampliando las posibilidades de reacción y desarrollando un criterio proactivo y propositivo, atreviéndose a incidir en la transformación del ámbito sea éste político, social, ambiental o cultural; asimismo, la convivencia en el espacio simbólico, nos lleva al análisis de un segundo nivel, los procesos que se detonan en los espacios de la cultura, entendiéndose éstos como el territorio de significación en el que los individuos intercambian información, lenguajes, definen comportamientos y los legitiman, se expresan y se comunican a través de la manifestación artística y otras formas de expresión; pero primordialmente, es el espacio de apropiación colectiva en donde se fijan objetivos comunes en corresponsabilidad, ejerciendo así la ciudadanía a través del acuerdo colectivo.

Los espacios de la cultura nos permiten generar consensos y acuerdos sociales en donde los medios de identificación propician el enriquecimiento de las identidades colectivas, la cultura permite tener una diferente conciencia y psicología de clase, reconociéndose en una sociedad que vive diversas problemáticas, plagada de desigualdad, de falta de oportunidades, de conductas marginales y excluyentes, de apatía colectiva, una sociedad, que se encuentra lejos de tener las condiciones de una vida digna, fundamentada en el buen vivir.

Foto: Ciudad Digna

Luego entonces, la cultura es la que actúa sobre el habitus como una educación primera o aprendizaje por familiarización espontánea, y permite al ser reconocerse como un individuo complejo, autónomo pero que requiere del “otro” para ser, para actuar y para transformar; es decir el ciudadano no es sino en conjunto el individuo que tiene la capacidad de incidir en su entorno, a través de la organización social y plural para generar y accionar políticas a favor de los intereses colectivos.

“Es a través de la cultura, que el ser humano recurre a su memoria histórica para encontrar las bases de su existir, compartiendo un presente con valores de pertenencia con el objeto de proyectarse como un ser pleno en el futuro.”

Una de las herramientas o puentes con las cuales, el ser humano puede adquirir esta formación y la conciencia de encontrarle sentido a su existencia, es el acercamiento a las expresiones humanas, por medio de la ejecución de políticas culturales, definidas en modo sintético por García Canclini como el “Conjunto de intervenciones realizadas por el Estado, las instituciones civiles y los grupos comunitarios organizados a fin de orientar el desarrollo simbólico, satisfacer las necesidades culturales de la población y obtener consenso para un tipo de orden o de transformación social”.

Por ende, el propósito principal de una política cultural debe hallarse sustentado en el establecimiento de objetivos claros y alcanzables, con el fin de construir voluntades, montar estructuras y asegurar los recursos para crear las condiciones que conduzcan a la más plena realización del ser humano, para que cada cual pueda desarrollar sus potencialidades.

Sin embargo, lo anterior no encuentra cabida si no existe una conciencia del papel fundamental que juegan los grupos sociales en la transformación de realidades, pues son el principal actor del cambio, solo la acción colectiva permite incrementar el capital social, visto como el aumento de los niveles de confiabilidad que existen de una persona a otra, desarrollando las habilidades de autoconocimiento y reconocimiento del otro, para trabajar en aspectos negativos de su propia naturaleza, lo que lo conducirá a diversificar sus líneas de respuesta a diversos problemas, así como elevar el grado de co-responsabilidad en las decisiones de su comunidad.

Es en este sentido, que las organizaciones de la sociedad civil, los colectivos, los grupos de artistas, ambientalistas, urbanistas, entre muchos; representan la clave en la transformación de los procesos de culturización, razón por la que tiene que existir un replanteamiento de políticas públicas, poniendo como centro de la discusión a las comunidades y a los mecanismos de reconfiguración identitaria, a través de la creación de redes de cooperación para la resolución de conflictos que surgen de las diferencias, contribuyendo a la aceptación de la existencia de una sociedad multicultural, poliétnica y dinámica; a través de un instrumento de orden público que favorezca el descubrimiento de habilidades y aptitudes que lleven a la construcción de una sociedad más justa, en la que las diferencias se transformen en fortalezas para encontrar aspectos de pertenencia social, para la convivencia pacífica de una sociedad que se encuentra en constante cambio y cuyo dinamismo representa nuestra fortaleza para una mejor existencia.

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