Mucho se ha especulado este jueves 18 de mayo sobre la muerte de Chris Cornell, otrora voz cantante de Temple of The Dog, posteriormente líder de Soundgarden, banda nodal del grunge en el primer lustro de la década de los años 90 y luego líder de Audioslave en este siglo. Se apagó una de las voces más privilegiadas del rock internacional. Lo encontraron muerto por ahorcamiento en la bañera del hotel donde se hospedaba en Detroit tras un concierto de reencuentro con Soundgarden.

La noticia la dio a conocer la agencia AP a través de su manager Brian Bumbery, quien afirmó que fue suicidio, pero falta la parte forense final, porque, en apariencia, no había motivos suficientes para que el cantante que alcanzaba las notas más difíciles que puede lograr un rockero, llegara a ese extremo. Lo cierto es que a todos nos dejó consternados y con tremendo vacío en el estómago. Mientras escribo esta columna, deseo fervorosamente destapar los botes de medicamento y volver experimentar la mezcla con whisky. ¡No me atrevo!

Al momento de recibir la noticia, este “servibar y amigo” se encontraba realizando análisis en los laboratorios cercanos a casa para saber de qué se va a morir. ¡Qué ironía! Estaba amaneciendo, estaba viendo la sangre salir de mi brazo, como en las épicas épocas heroinómanas de los años 90, e imaginaba los ojos verdes esmeralda de Chris Cornell apagarse, tras el último concierto de una de las mejores bandas que haya dado el grunge: Soundgarden.

Tras llevar a Nina al colegio, después de almorzar para recuperar energías, yendo a casa para preparar la jornada de campañas políticas en pro del gobierno mexiquense, decidí sólo cumplir con la mínima agenda, estar presente en mi junta habitual de Ciudad Digna (www.ciudaddigna.org), para luego apretar los dientes para no destapar el whisky de casa y pensar en los brillantes, memorables momentos en los que este interlocutor disfrutaba como debe, la voz de este hombre que me hizo volver a pensar en un rock duro de excelente manufactura.

De bote pronto me recordé en la azotea de la casa de mis progenitores en el barrio bravo de “Ciudad Pavor” en “Holly-Tultitlán” cuando escuchaba a todo volumen y cantando a todo pulmón rolas de Temple of The Dog, sólo para que la banda, mi pandilla se acercara con las botellas llenas y empezar la jornada etílica con esa potente música. En aquella época las chicas se nos acercaban con disposición a todo, porque el buen gusto de escuchar juntos a Chris Cornell y a Eddie Vedder (después líder de Pearl Jam) en esa banda, eran motivo suficiente para dejarse llevar sin importar tiempo y espacio. Dejábamos que las chicas “muy colocadas” nos llamaran Cornell o Vedder, para nosotros era inolvidable halago.

Ya con Soundgarden éramos veintañeros rumbo al tercer piso y las cosas ya iban mucho más en serio. La música de estos cabrones cambiaron mucho las cosas. Me llegaron a gustar más que Nirvana en las resacas, porque me invitaban a levantarme del suelo donde quedaba tendido. En ese periodo vivía intensamente los encuentros vivenciales con mi banda Los Malhechos de Barrientos, al lado del Reclusorio. Caminábamos bebiendo y consumiendo todo tipo de sustancias rumbo a la terraza del “Gatóxxxico”, o en la casa del ahora cineasta Bulmaro Osornio Morales para discutir sobre el futuro del grunge y del resto de la música de los años 90.

Sólo el “Mosca” nos podía contener en esas tremendas discusiones. Ese personaje evitó que muchos nos matáramos, ya sea por suicidio o por accidentes automovilísticos con la música de Soundgarden de fondo. Al paso de los años, se lo agradecimos. Para cuando llegó la época de Audioslave, ya éramos padres de familia y el consumo de su música era para acompañarnos en las reuniones, los reencuentros para narrarnos cómo nos había ido en la vida.

Con Audioslave, con Chris Cornell a la cabeza, y el resto de la banda eran los integrantes de la chingonérrima banda de Rage Against The Machine, vimos una etapa muy diferente en la vida de los músicos. Habían llegado a su madurez y con ello un nueva era, pero ¿qué creen?, uno trae a cuestas los fantasmas, los traumas, los recuerdos, el ADN y la memoria oscura de quiénes hemos intentado el suicidio, nos llega la oportunidad y adiós.

No queda más que cerrar este capítulo, este amargo momento y cerrar la botella, apagar las luces y quedarse dormido. Si mañana nos amanece, será una oportunidad más para suicidarse. ¡Hasta pronto querido Chris Cornell, te extrañaremos!

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